Las raíces de la extrema hostilidad de España hacia Israel
(Artículo publicado originalmente en inglés en The Jewish Chronicle, 31 de marzo de 2026)
El 11 de marzo, España se convirtió en el primer país europeo en retirar a su embajador de Israel. Para muchos judíos en España, el gesto fue más que una maniobra en el teatro diplomático: Reavivó la inquietud por un pasado que esperaban haber dejado atrás.
Durante décadas, España pareció avanzar en la dirección opuesta. La muerte del dictador Francisco Franco, el establecimiento de relaciones con Israel en 1986 y la ley que otorgaba la ciudadanía a los descendientes de sefardíes expulsados en el siglo XV sugerían una normalización lenta pero constante de la vida judía. Resultaba tentador creer que el estigma y prejuicio que rodeaba a lo judío en España estaba finalmente desapareciendo. Pocos imaginaban la brusquedad con la que ese optimismo se desmoronaría tras los atentados del 7 de octubre y la guerra de Gaza.
El antisemitismo ha aumentado de forma significativa en Europa occidental, pero la reacción de España ha sido particular: más contundente, más estridente y con mayor presencia en la corriente política dominante. Tres factores estructurales ayudan a explicar por qué el país se ha convertido en un terreno inusualmente fértil para el resurgimiento de discursos antisemitas.
Paradójicamente, los herederos más evidentes del marco franquista que veía al Estado de Israel bajo una luz plagada de estereotipos antisemitas, tanto tradicionales como modernos, son partidos como Podemos y la plataforma electoral Sumar, que actualmente forma parte del gobierno de coalición español.
En primer lugar, España se sitúa al margen de la cultura de la memoria europea. A diferencia de Alemania, Francia o incluso Italia, España nunca integró su trato a los judíos —durante el Holocausto o mucho antes— en su conciencia moral contemporánea. Como ha argumentado el filósofo Reyes Mate, en España se ha hecho una lectura historicista del pasado judío, pero no una lectura moral. El resultado es un vacío persistente: desde la transición a la democracia, ha habido poca reflexión sobre la ignorancia y los prejuicios que han moldeado las actitudes hacia el judaísmo, la identidad judía y el Estado de Israel.
Si bien los actores políticos de centro y de la derecha moderada son hoy más conscientes de este legado, la ceguera persiste en la izquierda, especialmente a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde el antisionismo de raíz soviética ha sido durante mucho tiempo un pilar ideológico incuestionable. Paradójicamente, los herederos más evidentes del marco franquista que veía al Estado de Israel bajo una luz plagada de estereotipos antisemitas, tanto tradicionales como modernos, son partidos como Podemos y la plataforma electoral Sumar, que actualmente forma parte del gobierno de coalición español.
En segundo lugar, la dependencia del actual gobierno del PSOE de esta izquierda antisionista ha introducido estos discursos en la corriente política principal. Inmediatamente después de las masacres del 7 de octubre, ministros de Podemos (socio de coalición del Partido Socialista entre 2021 y 2023) acusaron a Israel de genocidio mientras aún se contabilizaban los cuerpos de las víctimas israelíes de los ataques de Hamás. Consignas como "Del río al mar", escuchadas en manifestaciones por toda Europa, fueron amplificadas en España por políticos del gobierno, como la vicepresidenta Yolanda Díaz. Ione Belarra, secretaria general de Podemos y exministra de Derechos Sociales, plasmó la postura del partido en un llamativo post en la red social X en la Nochebuena de 2024: "En estos tiempos en que todos aspiramos al bien, Israel encarna el mal absoluto. Detenerlo es la tarea política fundamental".
El "No a la guerra" de Sánchez refleja una visión del mundo que oculta lo que Irán y sus satélites regionales representan para el Estado de Israel, las comunidades judías y grupos de la sociedad vinculados o afines. Resulta difícil ignorar la conexión entre esta retórica y las corrientes subterráneas, a menudo tácitas, del antisemitismo español.
A medida que se intensificaba la guerra en Gaza, el primer ministro Pedro Sánchez reconoció el capital político que podía obtener con sus socios de gobierno y con una gran parte del electorado español al posicionarse como el crítico más acérrimo de Israel en Europa. A partir de ese momento, el gobierno dio pasos que secundaban y amplificaban las iniciativas del activismo propalestino en España: entre ellos, alentando el boicot a la Vuelta Ciclista a España en 2025 por la participación de un equipo israelí, o promoviendo la retirada de España de Eurovisión si Israel participaba en el certamen musical.
Y desde el inicio de la guerra de Irán, Sánchez ha revivido el lema No la guerra, asociado al movimiento contra la guerra de Irak de 2003, un punto de inflexión político en la España moderna que contribuyó al colapso del gobierno conservador de José María Aznar. "No a la guerra" evoca esta memoria y capitaliza la animosidad generalizada hacia el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Biniamín Netanyahu. Pero también refleja una visión del mundo que oculta lo que Irán y sus satélites regionales representan para el Estado de Israel, las comunidades judías y grupos de la sociedad vinculados o afines. Resulta difícil ignorar la conexión entre esta retórica y las corrientes subterráneas, a menudo tácitas, del antisemitismo español. La decisión de retirar definitivamente a la embajadora de España en Israel, tomada mientras los misiles iraníes impactaban en ciudades israelíes, cristalizó esta lógica.
En esta misma línea, el gobierno español convocó a la encargada de negocios de Israel en Madrid después de que la policía israelí decidiera impedir la misa del Domingo de Ramos en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén por las restricciones de reunión impuestas por la guerra con Irán. Este episodio, interpretado de forma exagerada como un ultraje a la libertad religiosa de los cristianos en Israel –cabe recordar que en España la neutralidad religiosa del Estado es una asignatura pendiente– refleja la lógica del tuit navideño mencionado anteriormente. En conjunto, demuestran la facilidad con la que pueden activarse arraigados prejuicios y los sentimientos religiosos al criticar a Israel.
Las perspectivas judías en España, y las voces contra el antisemitismo (sean judías o no) siguen prácticamente ausentes de la corriente cultural e intelectual dominante. Los autores judíos españoles son escasos en las librerías, a excepción de los abiertamente antisionistas. En las universidades públicas, organizar una conferencia abierta sobre Oriente Medio que incluya voces judías o israelíes no identificadas con el antisionismo conlleva un alto riesgo de disrupción o cancelación.
En tercer lugar, España carece de una masa crítica judía capaz de contrarrestar estas narrativas. Con una comunidad estimada entre 40.000 y 50.000 personas, las perspectivas judías –y voces contra el antisemitismo, sean judías o no– siguen prácticamente ausentes de la corriente cultural e intelectual dominante del país. Los autores judíos españoles son escasos en las librerías, mientras que los últimos títulos de escritores antisionistas como Ilan Pappe o Peter Beinart están ampliamente disponibles. En las universidades públicas, organizar una conferencia abierta sobre política de Oriente Medio que incluya voces judías o israelíes no identificadas con el antisionismo militante conlleva un alto riesgo de disrupción o cancelación. Medios líderes de audiencia, como El País, mantienen un sesgo estructural antiisraelí desde hace décadas, como señala Masha Gabriel en un estudio reciente. Los especialistas en estudios árabes e islámicos destacan como comentaristas mediáticos del conflicto israelí-palestino, mientras que las perspectivas israelíes o judías mayoritarias tienen una presencia muy limitada. Aparte de pequeños pero ruidosos grupos proisraelíes alineados con la extrema derecha —un tema que merece un artículo aparte—, pocas voces moderadas y bien informadas de la comunidad logran llegar al mainstream.
Tan solo un día después de que el gobierno anunciara la retirada de su embajadora de Israel, se presentó en el Centro Sefarad-Israel de Madrid un informe independiente de la organización Networks Overcoming Antisemitism (NOA), que evalúa el avance en la implementación de políticas públicas para combatir el antisemitismo. El evento reunió a responsables institucionales, expertos y representantes de comunidades judías. Sin embargo, la contradicción central seguía latente: ¿Cómo puede un gobierno combatir el antisemitismo al tiempo que empodera a actores políticos que contribuyen a normalizarlo? ¿Puede haber progreso en la lucha contra el antisemitismo sin un cambio en la retórica del gobierno sobre Israel? Los incentivos políticos, sin duda, apuntan en la dirección opuesta. Así, las comunidades judías en España se encuentran atrapadas en una situación paradójica: colaboran con funcionarios y agencias gubernamentales que disponen del conocimiento y la voluntad de combatir el antisemitismo reinante, mientras que esos mismos funcionarios comparten la función de gobierno con algunos de sus principales promotores ▪
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