EL CALENDARIO COMO CAMPO DE BATALLA
El calendario no es neutro. Nunca lo fue. Quien define el tiempo, define el ritmo de la vida, la memoria colectiva y, en última instancia, la identidad. Por eso, la pregunta sobre si los judíos —y en particular los judíos en Israel— celebran el año nuevo secular no es banal: es una pregunta política, cultural y existencial.
En Israel, el 1 de enero existe, pero no manda. Está presente como convención técnica, no como hito identitario. Se trabaja, no hay feriado, no hay liturgia, no hay relato nacional. El país no se detiene porque el tiempo judío no comienza ahí.
El año empieza en Rosh Hashaná, cuando el calendario hebreo —y no el gregoriano— marca el pulso de la sociedad, la economía y la conciencia colectiva. Eso no es folklore: es soberanía cultural.
Y sin embargo, fuera de Israel, en amplios sectores de la diáspora, el 1 de enero se festeja. No por fe, sino por integración. No por convicción, sino por costumbre. Allí aparece el verdadero conflicto.
La integración que exige renuncia.
El judío de la diáspora no celebra el año nuevo secular porque crea en él, sino porque no celebrarlo lo expone. La fiesta funciona como un ritual de pertenencia a sociedades que históricamente aceptaron al judío solo bajo una condición implícita: sé como nosotros, pero sin dejar de ser diferente, solo puertas adentro.
La paradoja es cruel: se abandona el calendario propio —uno de los pilares más antiguos del pueblo judío— para demostrar lealtad a culturas que jamás exigieron a nadie más, semejante gesto.
El resultado es una identidad diluida, donde Rosh Hashaná se convierte en una ceremonia privada y el 31 de diciembre en una celebración pública, aunque vacía.
No es sincretismo. Es desplazamiento.
Israel: el regreso del tiempo propio
Israel rompe esa lógica. No porque prohíba el calendario gregoriano —eso sería una caricatura— sino porque no lo sacraliza. El tiempo civil existe, pero no ocupa el centro. La identidad no se negocia para ser aceptada.
Incluso los sectores seculares israelíes, cuando participan marginalmente del 31 de diciembre, lo hacen sin atribuirle significado nacional o espiritual. No hay brindis por la “nueva etapa del país”, no hay relato fundacional, no hay pedagogía estatal. Es un gesto social, no una declaración identitaria.
Eso es lo que diferencia a Israel de la diáspora: en Israel, el judío no necesita justificarse.
La falsa neutralidad del “año nuevo universal”
Se suele argumentar que el 1 de enero es “universal”, “neutro”, “global”. Es falso. Es cristiano secularizado. Su universalidad no es natural: es el resultado de hegemonía cultural europea. Adoptarlo sin fricción no es modernidad, es sumisión simbólica.
El pueblo judío sobrevivió milenios precisamente porque nunca aceptó que el tiempo del otro fuera el suyo. Cada intento de borrar el calendario hebreo precedió, históricamente, a intentos de borrar al propio pueblo.
Diáspora religiosa vs sionismo vivido
Hay judíos religiosos en la diáspora que rechazan el sionismo y prefieren vivir como minoría en países no judíos.
Aceptan sin conflicto calendarios y normas públicas que no son judías. Sin embargo, critican a Israel porque allí el judaísmo organiza la vida nacional.
La contradicción es clara: toleran que el judaísmo quede relegado en sociedades ajenas, pero rechazan que sea central en la única sociedad judía soberana.
Cuando el pueblo recupera su tiempo
El verdadero milagro de Israel no es militar ni tecnológico. Es temporal. El pueblo judío volvió a vivir según su propio reloj. Y eso explica por qué el año nuevo secular, aunque visible, es irrelevante.
Porque un pueblo que controla su tiempo ya no necesita festejar el comienzo del tiempo de otros.
Y cuando un pueblo deja de marcar su propio calendario, la historia no se detiene: se muda de lugar.