sábado, 10 de octubre de 2020

El vínculo entre Shimini Atzeret y Simjat Torá

Tratemos de examinar la naturaleza de Sheminí Atzeret, el significado de Simjat Torá, y el vínculo conceptual entre ellos. (Recordemos que en Israel, Simjat Torá se celebra en Sheminí Atzeret, mientras que en el resto del mundo Simjat Torá se celebra al día siguiente, es decir el día de Iom Tov Shení shel Galuyot).

La Torá se refiere a Sheminí Atzeret por primera vez en Vaikré (Lev.23): "En el octavo día será santa convocación para usted y no haráis trabajo servil" (vers. 36); "En el primer día [de Sucot] debe ser un día de reposo lo mismo que el octavo día debe serlo también" (vers. 39). Estas descripciones de Sheminí Atzeret no ofrecen información alguna en cuanto a la calidad única de este día de fiesta. Todo lo que dice es su condición de "Mikré Kodesh" (santa convocación), al igual que los otros festivales, y su título de "Atzeret", la cual comparte con el séptimo día de Pésaj (Devarim 16: 8).

La ofrenda del Musaf ofrecido en Sheminí Atzeret, se nos dice, se compone de un solo toro (vers. 36), al igual que el sacrificio de Musaf en Rosh Hashaná (vers. 2) y en el Iom Kipur (vers. 8). El Musaf en todas las otras festividades cuenta con más de un toro. (Rosh Jodesh, Shavuot y Pésaj requieren dos, y en Sucot el número de toros cambia cada día en orden descendente, trece hasta siete.) 

Por lo que al parecer, existe una conexión fundamental entre Sheminí Atzeret, Rosh Hashaná y Iom Kipur. Parecería que esta relación implica el significado de estas fiestas como la culminación de un año agrícola y el comienzo de otro ya que la Torá reconoce un segundo método de contar los años, a saber, el natural, el año agrícola, que comienza en el otoño (Tishrei) y llega a su fin el año siguiente. De acuerdo con este sistema, Sucot se refiere como "el período del año" (Shemot 34:22) y "el cierre del año" (Shemot 23:16). Del mismo modo, la Torá escribe sobre la mitzvá de Hakhel, que se produce durante Sucot después del año sabático, "Al final del séptimo año... en la festividad de Sucot" (Devarim 31:10). 
El primer día del mes, Rosh Hashaná, celebra el comienzo de este mes especial. Iom Kipur, también, constituye el comienzo del año, como lo vemos en el hecho de que el shofar soplado en Iom Kipur del año quincuagésimo significa el comienzo del año jubilar.

Parecería, entonces, que Sheminí Atzeret marca el final del año. Después de los siete días de Sucot, la fiesta de la cosecha (Shemot 23:16), que, como hemos visto, se produce "al cierre del año", observamos un día, en el que el año agrícola llega formalmente a su fin. Por lo tanto, a pesar de Shemini Atzeret está vinculada a Sucot, en cierto sentido - "En el primer día debe ser un día de reposo y el octavo debe ser de reposo también". No obstante, conserva su identidad independiente, como se refleja en el hecho de que las mitzvot de lulav y sucá ya no se aplica. De esta manera, Sheminí Atzeret difiere drásticamente del séptimo día de Pésaj, en la que todavía se aplican las mitzvot de Pésaj ("Y comerás matzá durante siete días" - Vaikré 23: 6), y cuyo Musaf sacrificio (dos toros, un carnero y siete ovejas) es el mismo que los días anteriores: "Al igual que éstos harás por siete días" (Bemidbar 28:24).

Jaza"l (Sucá 48a y en otros lugares) ya han señalado la independencia de Sheminí Atzeret de Sucot, y citaron seis halajot respecto que esta fiesta se encuentra separada de Sucot.

Después de la destrucción del Beit Hamikdash y la dispersión de Benei Israel en todo el mundo, se perdió nuestra conexión con la agricultura; como resultado, muchas mitzvot perdieron sus cualidades esenciales, en un grado u otro.

Todas las festividades judías se enfrentan el mismo peligro de perder su significado con la pérdida del Beit Hamikdash. Sin embargo, tanto la Torá misma, así como la tradición oral agregaron siempre un componente adicional a la naturaleza de las festividades. El calendario agrícola fue reemplazado por el "calendario de la Torá". En este sistema, la fiesta de la primera cosecha (Shavuot), que conmemora la primera oportunidad de beneficiarse de uno de los productos, se transformó en la festividad de Matan Torá, el primer paso en la aceptación de la nación de la Torá. Sheminí Atzeret, que, para la sociedad agraria, fue celebrado como el final del año, se convirtió en la celebración de la finalización de la lectura de la Torá, Simjat Torá.

Esta dimension de Sheminí Atzeret como la celebración de la Torá no fue plenamente aceptado tan rápidamente. Encuentra su origen en Qohelet Rabí (capítulo 1), en el marco de la ceremonia de dedicación del Beit Hamikdash durante la época del rey Shlomó:

"'Los habitantes de Jerusalén llegaron a estar delante de Dios, y [el rey] ofrecieron holocaustos y de paz e hizo un banquete para todos sus siervos' - Rabí Itzjak dijo: Esto demuestra que uno hace una fiesta al completar la Torá".

Sin embargo, sabemos que dos tradiciones diferentes existían en relación con el ciclo de la lectura de la Torá: 1. Las comunidades de Babilonia completaron la lectura de cada año, como lo hacemos hoy. 2. Las comunidades en Israel, por el contrario, terminaron el ciclo cada tres años (Meguilá 29b). Es de suponer, entonces, que la celebración de Simjat Torá se observó de manera diferente en los diferentes lugares, ya que no todas las comunidades completaron la lectura de la Torá en el mismo tiempo.

Itzjak ben Yehudá Ibn Ghiyyat que vivió en la localidad de Lucena, a principios del Siglo XI, donde dirigió una academia rabínica y murió en Córdoba dice que es costumbre en el día en que completamos la lectura de la Torá... a cantar todo tipo de alabanzas de la Torá y nos regocijamos en todo tipo de celebración, y este día fue llamado "El Día de Simjat Torá”. Esta es la primera referencia a la festividad de Simjat Torá.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Los evangélicos y la política populista


Los evangélicos y la política populista

por Johannes Reimer

La autoprotección es probablemente la principal razón por la que los evangélicos parecieron incapaces de ver la fatalidad de un régimen que fue responsable de millones de muertes en toda Europa.

Traducido por Rosa Gubianas

07.09. 2020 · 

Me permito una palabra de aclaración antes de empezar a explorar mi tema. No intento comparar a los líderes políticos conservadores, egocéntricos y populistas de hoy con Adolf Hitler. Ningún alemán, yo incluido, debería intentar comparar a los políticos actuales con el führer alemán Adolf Hitler. Otros pueden hacerlo. Para nosotros los alemanes, sin embargo, el Tercer Reich y el cruel e inhumano régimen de Adolf Hitler es muy doloroso.

Lidiar con su tiempo debe, no obstante, estar permitido, incluso para un alemán como yo. Especialmente, cuando se considera el papel que los evangélicos jugaron en el ascenso del régimen fascista de Adolf Hitler. El hecho de que la gran mayoría de los evangélicos alemanes apoyaron el régimen de Hitler y sólo una pequeña minoría vio la naturaleza anticristiana del führer, me lleva a escribir este artículo.

Me preocupa profundamente el aumento de los políticos populistas en países con una gran población evangélica. De nuevo, estoy comparando la respuesta evangélica con el surgimiento de dictadores como populistas, no con la naturaleza de esos políticos en sí. No estoy discutiendo los Trump, Bolsonaro, Duterte o Kagame de nuestro tiempo y no los comparo con Hitler. Pero me inquieta que todas esas figuras se guíen por un espíritu de intolerancia y los evangélicos parezcan apoyarlas en gran medida.

¿Por qué hacemos eso? ¿Qué hay de malo con nuestra orientación política evangélica que parece llevar a muchos de nosotros a seguir a líderes con obvias tendencias anti-evangélicas?

¿Es la tendencia evangélica inherente a una mentalidad que favorece un marco rígido legalista, de Ley y Orden? ¿O es más bien el sueño general de vivir una vida tranquila y pacífica bajo un poderoso protector si lo apoyamos y rara vez nos inmiscuimos con nuestras vidas, a pesar de que él/ella pueda destruir a otros?

¿Es nuestra mente, a veces simple, una especie de ingenuidad, la que lleva a los evangélicos a apoyar más o menos a los políticos Rambo sin cabeza? ¿O es incluso una desobediencia intencional, un estilo de vida fuera de la voluntad de Dios, que alienta que este comportamiento cuestionable se arraigue entre nosotros? ¿Los evangélicos rehuyen las sociedades democráticas y prefieren las autoritarias?   

Estas y otras preguntas similares me molestan, ya que un cambio en la cultura política de las sociedades tradicionalmente democráticas se hace cada vez más evidente y los movimientos políticos populistas de extrema derecha ocupan cada vez más territorio. Nunca jamás desearía que una especie de régimen nazi se hiciera realidad de nuevo en ningún lugar del mundo.

Mi familia es de origen alemán y emigró a Rusia en 1804. Nunca experimentamos el régimen de Hitler, excepto la cruel represalia de los soviéticos contra los alemanes rusos después de la Segunda Guerra Mundial. Llegamos a Alemania en 1976 como parias alemanes, profundamente heridos por los soviéticos, culpados por todos los horrores del régimen nazi y finalmente expulsados del país. Alemania nos dio una cálida bienvenida. Sólo años después de nuestra llegada aquí, investigué la historia de Hitler y el régimen nazi.

La mayoría de los evangélicos alemanes dieron la bienvenida a Hitler y su régimen

Uno de mis estudiantes de misionología escribió su tesis doctoral sobre Erich Sauer, un famoso teólogo pietista, a quien admiraba mucho por su enfoque histórico de la salvación. Pero el día que mi estudiante me envió su capítulo sobre el papel de Sauer durante el régimen nazi, me quedé inundado de preguntas que nunca esperé que se me plantearan. Sauer apareció como un nazi fiel, que llamaba a Adolf Hitler “nuestro amado führer y firmó sus cartas con “heil Hitler”. Similar a muchos otros pietistas, bautistas, metodistas, menonitas y otras iglesias evangélicas libres.

El obispo metodista F.H. Otto Melle (1875-1947), presidente de la Asociación de las Iglesias Evangélicas Libres, asistió a la Conferencia Mundial Ecuménica en Oxford del 12 al 26 de julio de 1937. En su discurso en la conferencia elogió la política nazi y habló sobre un envío divino de Adolf Hitler. Atacó significativamente a los regímenes de los cristianos críticos en Alemania. Y no fue, de lejos, una excepción.

La gran mayoría de los cristianos evangélicos alemanes dieron la bienvenida a Adolf Hitler y su régimen. Pocos advirtieron a sus iglesias. Algunos se resistieron. Y todos conocemos los nombres de los héroes como Dietrich Bonhoeffer. Su valor no puede ser lo suficientemente loado. Muchos, sin embargo, permanecieron indiferentes y silenciosos. Incluso después de que la noticia de millones de judíos asesinados en los campos de concentración llegara al público alemán. ¿Cómo es que los evangélicos, afirmando escuchar y seguir la voz del Señor, dejaron de ver la verdadera naturaleza de un régimen anticristiano y antihumano?

La mayoría de las investigaciones sobre estos temas, apuntan hacia el desorden, la decadencia moral y el miedo permanente de una ideología comunista en el Este de Europa, que amenaza a la República de Weimar de Alemania. Hitler prometió poner fin a todo esto por la fuerza e introdujo la ley y el orden de nuevo en el país, al mismo tiempo que luchaba contra cualquier ideología comunista en su país y prometía restaurar la dignidad de Alemania después de la humillación de la Primera Guerra Mundial. Alemania sería grande de nuevo, prometió. Otros señalan el espíritu antisemita generalmente aceptado en las iglesias cristianas alemanas, así como su profunda admiración por un estado nacional fuerte que funcione.

Esta parece ser la mezcla tóxica que cegó a los evangélicos. Vieron en Adolf Hitler un hombre de orden y una figura de poder capaz de protegerlos de la persecución y la destrucción como había sucedido ante sus ojos en la Unión Soviética. Su retórica contra ciertos movimientos amorales y una justificación casi religiosa de las fuertes medidas a tomar por el gobierno, se sumó al entusiasmo de la mentalidad cristiana y al mismo tiempo egocéntrica y apolítica de los simples evangélicos. La autoprotección es probablemente la principal razón por la que parecieron incapaces de ver la fatalidad de un régimen que fue responsable de millones de muertes en toda Europa, entre ellos seis millones de judíos.

Hoy sabemos lo equivocado que fue concentrarse en el propio bienestar y pasar por alto el espíritu autoritario del régimen nazi. Ya no habrá cristianos en todo el mundo que alaben a Hitler por su “divina” vocación. Todos vemos la naturaleza diabólica de su régimen. No obstante, es extraño que por otro lado, los cristianos parezcan santificar regímenes autoritarios similares, que prometen acabar con el caos y la decadencia moral, introducir la ley y el orden usando la fuerza y hacer que sus naciones vuelvan a ser grandes.

¿No podemos aprender de la experiencia del pasado? ¿Los evangélicos son en principio menos democráticos? ¿O por qué tendemos a apoyar a populistas fuertes con carácter de dictador?

Los evangélicos alemanes cayeron en la trampa nazi debido a:

a) sus posturas apolíticas y menos reflexivas;

b) su preocupación por su propia seguridad social;

c) la concentración en ciertos comportamientos morales como existencialmente centrales (por ejemplo, la homosexualidad);

d) un profundo temor al comunismo;

e) orientación nacionalista y etnoconfesional.

Ver a un político entrando en la batalla contra sus miedos, fue leído como una intervención divina de Dios. Los signos de un claro espíritu anticristiano fueron pasados por alto o incluso excusados. 

De hecho, es peligroso permanecer apolítico, poco informado y descuidar todo el panorama. Puede que no lleve mucho tiempo y que la política de la ley y el orden, apasionadamente acogida, se vuelva contra los propios cristianos. Podríamos continuar. Todo esto sucedió en la Alemania nazi.

En lugar de imponer sus limitadas agendas, los evangélicos deberían seguir el Espíritu de Dios, que trae justicia, amor y compasión.

Y esto ocurre en muchos países con regímenes autoritarios hoy en día. Los evangélicos que lo supervisan están mal aconsejados. En lugar de imponer sus limitadas agendas, deberían seguir el Espíritu de Dios, que trae justicia, amor y compasión a todos. No, no son nuestros estados nacionales los que deben volver a ser grandes, sino el Señor, a quien servimos. Construimos su reino, no el nuestro. Y su reino no excluye al otro a expensas de su propia grandeza, sino que llega a todas las naciones del mundo, convirtiéndolas en discípulos del Gran Rey, Jesús nuestro Señor (Mateo 28, 18-20).

Como evangélicos debemos abordar los temas urgentes que están en juego. Necesitamos una teología clara de la participación política evangélica. Debemos entender la correlación entre la misión de Dios en el mundo y nuestra propia responsabilidad política. Necesitamos un concepto evangélico de lo que significa para nosotros la democracia y la autocracia. Apuntar al reino de Dios, un reinado teocrático, ¿puede ser fácilmente malinterpretado como antidemocrático? ¿Pero es este el caso? ¿Es el anticipo del reino tal como lo presenta el Cuerpo de Cristo, de alguna manera autoritario, o más bien básicamente congregacional y verdaderamente democrático?

Precisamos una teoría práctica de trabajo para combatir el desorden y la amoralidad en nuestras sociedades en el Espíritu del amor, la justicia y la humildad. Todo esto incluirá nuestra decisión de obedecer a Dios más que a los gobernantes de nuestros días (Hechos 5:29). Invito a mis compañeros evangélicos a discutir esos y otros temas similares.

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Publicado en: PROTESTANTE DIGITAL - Actualidad - Los evangélicos y la política populista





viernes, 18 de septiembre de 2020

Yom Teruá (en proceso)

Shalom, amigo/a,
Hace unos días os envié
2 artículos acerca del mes hebreo de Ellul, de las fiestas Yom Teruá, Rosh Hashaná, Yom Kippur y Sucot. Espero que lo hayas escuchado. 
Si no lo has hecho, hazlo pues, según mi humilde opinión, aprender
ías "un montón".

Hoy (17/18), el primer día del año comercial 5781, es cuando se recuerda la creación del mundo,  cuando se entregó la Torá (o libro de instrucciones) en el Sinaí y un montón de cosas más.

También se celebra Yom Teruá (el día cuando se tocan los shofarim para que los muertos resuciten y sean juzgados ya que viene el Rey Mesías "a juzgar a todo la humanidad", etc.).

De todas ellas, la que más me va a impresionar este año es la la última pues acabo de reedescubrir lo que dice el texto hebreo:
"

jueves, 3 de septiembre de 2020

LA RED PRO-ISRAEL (1ª parte)

Carta informativa                               

LA RED "PRO-ISRAEL"
(1ª parte)

Querido/a amigo/a:

En cada país está surgiendo una red de amigos de Israel, la que, a su vez, forma parte de otra red mundial con representación en el Kneset (el parlamento israelí).

No se trata de una red compuesta de personas que son anti-palestinos o árabes, no. Tampoco es una red en la que todos los que la forman interpretan el texto bíblico de la misma manera o llevan puestos el mismo uniforme, pues sabemos que cuanto más variada sea, mejor, ya que ahí se encuentra la riqueza y la fuerza de ella. 

Verás, lo que une a todos los componentes es, para empezar, tener el mismo Padre, querer cumplir Sus Mandamientos, querer obedecerle y, para terminar, querer consolar a Su Pueblo en esta generación, como Él nos lo ordena (sí, justo ahora, cuando vuelve a estar prácticamente rechazado por las naciones). A eso añadimos querer ayudar a restaurar a Sion (Israel) de una manera práctica, tal y como está escrito (Isaías 40:1; Hechos 3:19-21; Salmo 102:13-18, Salmo 83; etc.). 

Al escribirte estas palabras, me vienen a la mente los hijos de Isacar, los cuáles pasaron a la historia por estar al loro, saber los tiempos que corrían y lo que tenían que hacer en aquellos años para llevarlo a cabo con la ayuda de YHVH, y de los demás voluntarios".El resultado fue que los buscaran a la hora de coronar al REY DAVID, ya que de eso iba el próximo capítulo. Estoy seguro de que, si todavía no te pareces a ellos en estos días, por lo menos, sí lo quieres ser. De ahí el deseo de poner "tu granito de arena", ¿verdad? (1ª Cron. 12;32).

Con las redes de otros países, la internacional es la que el Eterno espera ver en estos "postreros días", los famosos 'Ajarit Hayamim' ('dolores de parto' en hebreo), que ama a Israel de una manera práctica como lo hicieron tantos gentiles que se unieron a ella -como Ruth al lado de su suegra- a través de la historia (la "Noemí" del Siglo XXI / Ruth 2:16,17).

Por lo tanto, se trata de ayudar a la "parturienta' especialmente ahora, repito, cuando más rechazo tiene entre las naciones, incluyendo a la ONU y al cristianismo ("madre" e "hijas") que, dicho sea de paso, no ven la inminente llegada: ¡esta vez no la DEL "'BEBÉ' SIERVO" sino la del "REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES" para establecer Su REINO DE PAZ Y JUSTICIA!

Amigo/a: Con la ayuda del Eterno, saquemos a nuestras queridas naciones de la "UCI" (Unidad de Cuidados Intensivos) en la que se encuentran. Escribo y hablo teniendo en cuenta lo que está escrito en Génesis 12:1-3 y Mateo 25:31-46).

POR FAVOR, manda este mensaje a quienes el Señor te dirija, vivan donde vivan y sean los que sean. Diles que se pongan en contacto con un servidor para darles toda la información que necesiten. 

Pues bien, amigo/a: Ora acerca de este tema, consulta al Eterno y hazme saber, lo antes posible, cuál es tu decisión. ¡No sabes lo que me encantaría contar contigo en estos "últimos kilómetros" que nos quedan por vivir!

Muchísimas gracias por tu ayuda y tu colaboración.

Recibe un cordial SHALOM de un servidor, Samuel del Coso Román, desde Toledo/Toldot ('Generaciones'), España/Sefarad de acuerdo al profeta Abdías 20,21.                                                    Tel.: +34.659.682031
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jueves, 20 de agosto de 2020

¿A mí me lo vas a decir? (En proceso)

- Padre,  no leen lo que les mando ...
  ¿A mí me lo vas a decir?

- Señor, no ,"comen ni trituran lo que les  
   preparo con tanto cariño y
   ‎ esfuerzo ...
   ¿A mí me lo vas a decir?

-  Padre, he preparado este evento y la gente no ha venido si se ha dignado en telefonear..... 
¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, no agradecen lo que les doy ..
  ¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, las personas me telefonean o  vienen a verme sólo para contarme sus  problemas/ historias  y me toma por "un cubo de basura" .....
¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, la mayor parte de mis contactos sólo me habla de problemas y son negativas ...
¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, la mayor parte  de la gente que conozco sólo pide y no da ...
¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, por lo que veo, la gente no sabe que hay que sembrar (dar) para recger (recibir) ...
¿A mi me lo vas a decir?

- Padre, no sabe de qué va tu plan de redención y salvación y mucho menos lo anuncia...
 ¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, la mayor parte de la gente que conozco sólo piensa en el Cielo porque es escapista
¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, la gente no sabe por qué creastes a Israel, para qué y hasta cuándo debe estar entre las naciones 
¿A mí me lo vas a decir?

- Padre, la mayor parte de la genteque conozco no lee las Santas Escrituras, las medita y mucho menos las pone en práctica..
¿A mí me lo vas a decir?



martes, 18 de agosto de 2020

'We curse Christianity 3 times a day'

'We curse Christianity 3 times a day' 

Can Jews and Christians Truly Reconcile?

The 1965 Vatican Council, and subsequent efforts by the Church to reconcile with Judaism, did not win over Orthodox Jews, who believe that their reading of the Scriptures is correct – not the Christians'. A new book discusses these uneasy relations.

Israel Jacob Yuval
Published on 14.08.2020

By Wolkowski

After many years during which Esau hated Jacob, the brothers meet. Esau rushes to Jacob, embraces him, falls on his neck, kisses him, the two burst into tears.

What a thrilling reconciliation. But the Jewish Sages, according to Midrash Bereshit Rabbah 78, were not enamored of this reconciliation. They placed dots above the Hebrew word vayeshakehu (“he kissed him,” Genesis 33:4), signifying deletion. But deletion was not a real option – it was, after all, a word in the Torah – so they did a “pretend” deletion. They claimed that Esau’s kiss was one of deception, and that the intention was not to kiss (nishek) him but to bite (nashakh) – a fine wordplay.

Why, then, did they cry? Because a miracle occurred and Jacob’s neck hardened and prevented the bite from doing damage; one cried for his neck while the other cried for his teeth. Amusing? Definitely not. For the Sages of the rabbinic period, Esau was a metonym for Rome and afterward for Christianity. The possibility that Rome would reconcile with the descendants of Jacob, the Jews, never occurred to them.

But it happened in Rome, in 1965. The Second Vatican Council published “Nostra aetate,” a document in which the Catholic Church declared the abandonment of its anti-Jewish heritage and its desire to reconcile with Judaism.
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An illuminating and important new book by historian Karma Ben Johanan, “Reconciliation and Its Discontents: Unresolved Tensions in Jewish-Christian Relations,” deals with the reciprocal conceptions of Catholics and Orthodox Jews in the era of reconciliation. Its first part is devoted to the enthusiasm on the Christian side at drawing closer to the Jews, as well as with the internal debates that arose in the Church after the reconciliation. In its second section, the book discusses the chilly responses of Orthodox Judaism, including the suspicions aroused by the Christians’ eagerness to turn a new leaf, and the rabbis’ concern over the possibility of excessive closeness.

This riveting book by Ben Johanan, a scholar of Christian-Jewish relations and theology who is currently teaching at the Humboldt University of Berlin, is based on library research and personal interviews with some of its protagonists. It is written with scholarly momentum and enriches the reader with essential information to help us understand both ourselves and the Other. The author is to be congratulated on her splendid writing, fresh style and eloquent, cogent turn of phrase.

As noted, in the book’s initial section, Ben Johanan sheds light on the intense endeavor by Catholic theologians to fathom the meaning of the Holocaust and the Church’s anti-Jewish heritage. On the one hand, there were guilt feelings and acceptance of responsibility; on the other hand, fear of the collapse of the theological infrastructure that had crystallized over nearly 2,000 years. The Second Vatican Council’s declaration concluded one chapter in the history of Christianity and opened a new one. The decisions that were made, however, stirred new questions, which remained unresolved today.

The declaration involved a retreat from two fundamental postulates regarding the Jews: guilt for Jesus’ crucifixion and the claim that they had ceased to be the so-called chosen people. A third notion, the aspiration to see their conversion in the End of Days, yielded to the hope that in the future all peoples would be united in a belief in one God, a formulation bearing a familiar biblical complexion. Two issues remained open: the Jewish exile and the establishment of the State of Israel.

What fuels Evangelical Christians’ Love-hate Relationship With Jews
Why the Netanyahus are embracing 'Christian Europe'.

Is American Catholicism Under Attack by Extremists Nostalgic for anti-Jewish Teachings? Why Jesus Really was a Hebrew Speaker.

After the Jews were exonerated of the murder of Jesus, and after it was decided that they continued to be beloved by God, the questions then arose of why they had been punished by being exiled and of what reestablishment of a Jewish state signifies. If the Jews are still beloved, what is the validity of the ancient Church dogma asserting that “there is no salvation outside the Church”? Were the Jews exempted from this rule?

The author points to the rise of a conservative trend following the Second Vatican Council, not only as a natural response to the victory of the reformers in that body, but also against the background of the student revolts of 1968 in Western Europe and the United States, which generated concerns about an erosion of belief that would lead believers to abandon their faith.

The book describes vividly the Church’s readiness to cope with the challenge of modernity, to look in the mirror and conduct a self-examination without fear of jolting the foundations on which it stands. It is no easy matter for a 2,000-year-old religion to recant dogmas that it commanded billions of believers to follow. It is no small matter to level criticism at revered individuals who were canonized, at canonical books that were taught for generation upon generation. A religion, by its nature, finds it difficult to examine itself critically, because by doing so it forgoes its aspiration to metaphysical truth. A pope sitting on Peter’s throne is not eager to declare that all his predecessors were wrong.

Ben Johanan portrays the courage, sincerity and determination of the advocates of reform in the Church, who faced the hesitation and apprehension of the conservative camp. A high point of her book is the lucid description of the visit by Pope John Paul II to Israel in March 2000. The prayer he recited at the Western Wall, his speech at the Yad Vashem Holocaust memorial and his request for forgiveness from the Jewish people fomented a deep shift in the relations between Jews and Christians. His symbolic gestures created a dialogue of a new type, based on human and diplomatic friendship that pushed the doctrinal arguments into the corner of a handful of experts.

The ‘idolatry’ issue

In its second part, the book presents the internal Orthodox Jewish discourse about Christianity. The author purposefully chose Orthodoxy, of all the options, as a counterweight to the Catholic Church because of its hegemonic standing in Israel and its critical role in defining Jewish identity, although it’s doubtful this choice will curry favor with liberal American Jews. By the end, Ben Johanan concludes that, whereas Christian discourse aims at conciliation, Orthodox Jewish discourse responded to Christianity with growing hostility, which predated the Second Vatican Council and deepened thereafter.

One example is the halakhic discussion over whether Christianity constitutes avoda zara – Hebrew for “idolatry.” During the Middle Ages, there were differences of opinion over this issue. Some acknowledged that Christians believe in the divine source of the Torah and that and their religious intentions are sincere. However, in the eyes of most rabbinical adjudicators who decide matters of halakha, belief in Jesus’ divinity and in the Holy Trinity was considered proof of a multiplicity of divinities, hence idolatry. The closer relations between Jews and Christians in the modern era might have generated expectations of a softening toward Christianity, but as Yosef Salmon, a professor of history, and Prof. Aviad Hacohen, a legal scholar have shown, modern Jewish Orthodoxy continued to view Christianity as idolatry. Indeed, according to Ben Johanan, the view that Christianity is idolatry has actually become more firmly entrenched in halakhic discourse.

An increasingly negative attitude toward Christianity is also seen in attempts to restore to Jewish literature expressions inimical to Christianity and to reveal anew the truth that was concealed and censored, ever since the invention of printing, for fear of incurring Christian wrath. Among the censors in the past, some genuinely wished to be enlightened Jews, as Israeli historian Amnon Raz-Krakotzkin has shown. Normalization and political freedom eliminated the fear of Christianity and served to compensate for the inferiority Jews felt for so long.

It is no easy matter for a 2,000-year-old religion to recant dogmas that it commanded billions of believers to follow.

Another question considered by the halakhic literature is whether, now that the Jews possessed power, the State of Israel should destroy the churches under its rule, or whether this course of action should be avoided only because of fear of infuriating the “goyim,” as Rabbi Yehuda Gershuni (a student of Rabbi Abraham Isaac Kook) and Rabbi Menachem Kasher maintained.

A more extreme approach is also apparent in the realm of music. In the 19th century, Rabbi Moshe Hazan praised Christian music effusively, whereas Rabbi Eliezer Waldenberg (d. 2006) expressed shock at his approach. I must note that it’s not only religious singing that bothers the Orthodox. On two occasions I have encountered a hostile response to the singing of Schiller’s “Ode to Joy” (“All people become brothers”) in Beethoven’s Ninth, because it is considered to be “Christian music.”

One of the book’s important innovations is its discussion of the religious meaning of Jewish history in the school of thought of Rabbi Yehuda Ashkenazi (nicknamed “Manitou”) and rabbis from his circle. 
They were mostly educated in France and immigrated to Israel after the Six-Day War, drawing close to Mercaz Harav Yeshiva, a key institution of the national-religious movement, founded by Rabbi Kook in Jerusalem. Ashkenazi was among the few figures in Orthodox Judaism who was relatively well acquainted with Christianity. He maintained that for 2,000 years Christianity claimed that the Jews did not understand their own holy books, that they were no longer the chosen Israel and that they were punished with exile for crucifying the son of God. These allegations threatened the Jews’ self-identity.

According to Ashkenazi, things turned around after Israel’s establishment. Now it was Christianity that suffered from a loss of self-identity. It’s not the eyes of the Jews that are covered by a veil that prevents them from understanding the Old Testament; it’s the Christians who are blind and don’t understand the New Testament. The reestablishment of Jewish sovereignty proves that the Jews were right in their lengthy disputation with Christianity. Realization of the prophecies about the return to Zion proves that the Jewish interpretation of the Bible, not the Christian one, is the right one. Instead of the Jews serving as “witnesses of faith” for the justification of Christianity, Ashkenazi says, now the Christians served as witnesses who are astonished at the resurgence of the Jewish people.

Thus a new interpretation of the creation of the State of Israel developed. Not only a “national home” like that of other peoples, but a religious event that was meant to refute the Christian faith. Things had gone topsy-turvy, “and the time has come to reverse the method,” Manitou writes.

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Rabbi Kook

One of the many virtues of Ben Johanan’s book is its in-depth observation of the conceptual mosaic of the two religions, and of how new religious ideas develop amid unbroken preservation of the coherence and inner balance of the totality of religious thought. In contrast to their frozen image, both religions move and shift unceasingly with full awareness of themselves, of historical circumstances and of the ideas milling around them.

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Many reflections came to mind while reading the book, and I want to present three here. The first is the surprising, apparent similarity between the interpretation of history put forward by the “French” circle, and that of the Church Fathers. Indeed, Augustinian doctrine seems to be enjoying a revival in Mercaz Harav Yeshiva. Almost at the same time that the Catholic world backed away from the old theology that saw in history the realization of the Church’s victory over Judaism – that same theology, in reverse form, acquired new life among the followers of Jewish Zionist messianism. The turning point in Christendom occurred in 1965; in that Jewish community in 1967. According to Oury Cherki, one of the rabbis of that circle, the Six-Day War is to be held in even higher regard than the War of Independence. It was “a biblical event in every sense of the word.” Now it was the turn of the Jews to see history as realizing the victory of Judaism over the Church.

Regrettably, while the Church is moving forward and calling for interfaith conciliation and fraternity, Jewish Orthodox circles are reviving the old controversy and claiming victory. Rabbi Cherki even expects the Christians to believe in the Jewish people in place of Jesus, because “Jew is the divine”! Manitou writes, “Gradually the Christians are discovering that the Jew does not need to Christianize but the Christian needs to Judaize.”

Indeed, it’s perhaps pleasant to believe that the adversary is wrong, but is contemporary Judaism fated to repeat the mistakes that Christianity made in its dishonorable past? Instead of aspiring to turn Christians into Jews and to triumph in a religious disputation, it would be better for Judaism to reconcile with and respect the religions that human civilization has created.

Whereas Christian discourse aims at conciliation, Orthodox Jewish discourse responded to Christianity with growing hostility, which predated the Second Vatican Council and deepened thereafter.

An unconscious affinity with Christian patterns of thought is also discernible in the conception of the Diaspora Jew who is homeless and therefore universal. Whereas in the eyes of philosopher George Steiner and the Satmar Rebbe this is the ideal Jew, according to the doctrine of Abraham Isaac Kook, the Diaspora Jew comes across almost as a Christian. The disconnect from the practicalities of political life made him an alienated, abstract being, in the same way that Christianity preferred to abstain from material life, the biblical commandments and sexuality, and became a religion of spirituality itself.

Thus, a new ingredient – sacred territory – was added to the classic Zionist “negation of the Diaspora.” The slogan adopted by the pupils of Rabbi Kook, “Land of Israel, people of Israel, Torah of Israel,” replaced the slogan of the 18th century Ramchal (Rabbi Moshe Chaim Luzzatto), “The Holy One, Blessed be He, the Torah, and Israel are one.” God has been removed, his place taken by the Land of Israel, and the Torah is relegated to third place.

The religious-messianic approach of these advocates also lent a new dimension to the old dispute between Christianity and Judaism about the prophecies of redemption and solace uttered by the Hebrew Prophets. Christianity viewed them as prophecies that had been realized in the coming of Jesus and in the Roman Empire’s Christianization. Jewish thought in the Middle Ages considered them a promise of the future to come. Now the future had become reality.

Yet one could wonder: If the prophecies of the destruction of the First Temple successfully predict the razing of Jerusalem that occurred proximate to their time, and if the solace prophecies were able to foresee events that took place 2,500 years later – why did no prophet foresee the destruction of the Second Temple? And what about the long exile of the Jews, which lasted 2,000, not 70, years, or the Shoah, the most terrible disaster that ever befell the Jewish people – why were they not foreseen by the prophets who peered into the remote future? Every unbiased reader of the prophecies of consolation understands that they refer to the return to Zion after the one and only event of destruction in 586 B.C.E. that was known to the prophets. But faith and naivete are often intertwined.

A second reflection evoked by the book relates to its almost exclusive occupation with rabbis. But hostility to Christianity is found among Orthodox intellectuals as well. I will note here as a flagrant example the late Yeshayahu Leibowitz, “high priest” of the liberal left in Israel. The book “I Wanted to Ask You, Professor Leibowitz” (Hebrew) contains a letter the professor wrote to David Flusser, who was a professor of early Christianity and Second Temple Judaism, during the period of the Eichmann trial (in Jerusalem in 1961).

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Prof. Yeshayahu Leibowitz
Prof. Yeshayahu LeibowitzCredit: Alex Levac
Flusser had expressed his satisfaction that Eichmann was unwilling to take the oath on a copy of the New Testament in court. “Eichmann severed himself from the God of Christianity and thereby served Christianity,” Flusser wrote. He added his hope that this “will be a historic change for my Christian brethren to cleanse their religious conscience and will make it possible for the Church to draw closer to our common Father in heaven.”

Leibowitz was furious at Flusser’s efforts “to purify the vermin [sheretz] of Christianity with a host of excuses.” In his view, it was hatred of Judaism and of Jews that had spawned Christianity, and it “found its perfect expression in the sinful folio [in Hebrew avon, sinful, plus gelion, folio – a wordplay on “Evangelion”] and the letters of the apostate by spite.”

Leibowitz used abusive language against Christianity, refrained from calling Paul the Evangelist by name and termed him an apostate “by spite,” in contrast to the narrative of his conversion from deep conviction and after Jesus was revealed to him. Christianity is an “abomination of desolation,” paganism that maliciously falsified symbols borrowed from Judaism. “We curse Christianity three times every day,” Leibowitz wrote.

He did not change his mind after the Second Vatican Council, but rather clung to his view that Christianity is “paganism.” In a 1987 letter to an unnamed correspondent, he wrote: “Your words make me suspect that you are an apostate, and I am not willing to enter into a discussion with apostates.” Meshumad, the Hebrew term, is a pejorative expression for a Jew who has converted. Leibowitz, for example, termed Heinrich Heine “the most contemptible and abominable figure in the history of the Jewish people.” In a 1975 letter he referred to a meshumad as “despised by people, violator of the covenant, blasphemer, reviler and curser of God.”

Whereas many dozens of theology students, priests and monks, Catholics and Protestants, flock to Jerusalem every year to study Judaism there, one can’t even imagine Israeli schools teaching the New Testament as supplementary background to understanding the Talmud.

At the conclusion of a class at the Hebrew University of Jerusalem in 2000, during which I quoted passages from the New Testament, a student approached me and asked whether I would be citing more quotes in future classes. I told her that I would give her two answers. The first: yes. The second: In all the 2,700 pages of the Babylonian Talmud, there is only one quotation from a non-Jewish book, namely from the New Testament (Babylonian Talmud Tractate Shabbat 116a-b). What is allowed to the Talmud is allowed also to a talmid (pupil). She never showed up in my classes again.

A final comment refers to the nature of the “Judaism” with which the Church seeks reconciliation. A reader of Ben Johanan’s book comes away with the impression that almost all the steps taken by Christian theologians refer to Judaism as the religion of the “Old Testament,” which preceded Christianity. This suggests that the dialogue between the two religions is only in its infancy, because Judaism is not the religion of the Bible but the religion of the Talmud, the rabbinical literature, the kabbala and prayer. Christian theology is still conducting a dialogue with itself – not yet with the Judaism that existed parallel to it.

Against this background, the pioneering academic research on both sides stands out favorably. Over the last generation, Jewish and Christian scholars in academia have shown great interest in parallel developments in both religions even after their paths separated. The Hebrew University has established a center for the study of Christianity, and with symbolic parallelism, the Cardinal Bea Center for the Study of Judaism has been established in Rome’s Pontifical Gregorian University. Dozens of books and hundreds of articles published during recent decades have been devoted to addressing the intimate and complex relations between Judaism and Christianity throughout history. Karma Ben Johanan’s book is itself an important milestone in this academic opening – which, in my estimation, is a direct result of the Second Vatican Council.

Thanks to the empathy the author shows toward her subject, the final product is not only an illuminating research study but also an intellectual, cultural and political challenge. This is an important book for Jews, separately, and for Christians, separately, and also for anyone for whom the Jewish-Christian story is an important element in defining his or her identity.

I will close with a quote from the book’s epilogue: “The challenge that the establishment of the State of Israel posed to Judaism is similar to that which the empire’s Christianization posed to Christianity.” It seems to me that the author, too, hopes that the results will be different. The book proves that academia has the ability both to draw people closer and to bring peace to the world.

“Reconciliation and its Discontents: Unresolved Tensions in Jewish-Christian Relations,” by Karma Ben Johanan. 
Tel Aviv University Press (Hebrew), 460 pages, 98 shekels

0 was founder and academic director of the Mandel Scholion Research Center, and headed the Jack, Joseph and Morton Mandel School for Advanced Studies in the Humanities at the Hebrew University. His book “Two Nations in Your Womb: Perceptions of Jews and Christians” .




lunes, 17 de agosto de 2020

DISPUTAS: Cristianos vs. Hebreos (En proceso)

Disputas más conocidas...

1.179 - La de Ceuta,
      (?) - Siglo XIIi /La de David Qimhi y un
              franciscano
      (?) - Siglo XIII Raimundo Martí/ Isaac 
             Albalag,
1.240 - Abraham Albulafia (?)
1.263 - La de Barcelona,
1.286 - La de Mallorca,
     (?) - Siglo XIV / Burgos,
1.336 - La de Valladolid,
1.375 - La de Ávila,
1.391 - Enselema Astruq (?)
     (?) - Siglo XV / Yosef ben Shem Tov
     (?) - Yosef Albo y Obispo Abraham 
            Bigabo,
1.413 - La de Tortosa,
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Isaac Polgar (Siglo IV/ Burgos) : "No hay un sólo día en el que los cristianos no quieran discutir/convertir a los judíos"