CADA SOLDADO ISRAELÍ QUE CAE ES UNA TRAGEDIA QUE YA NO PODEMOS SOPORTAR
Por Bernardo Abramovici Levin
(22.10.26)
Comunidades Plus
¿Cuántos soldados más tiene que perder Israel? ¿Cuántas familias más tienen que recibir la noticia que ninguna madre y ningún padre deberían escuchar jamás? ¿Cuántas esposas quedarán viudas? ¿Cuántos hijos crecerán sin volver a abrazar a sus padres?
¿Hasta cuándo? ¿No se puede hacer más para evitar estas muertes?
Cada soldado israelí que cae es una tragedia que no tiene límites. No es un número. No es una estadística. No es simplemente otra noticia que aparece en los diarios y desaparece al día siguiente.
Es una vida que terminó. Es una familia destruida por el dolor. Es una silla que quedará vacía para siempre en la mesa de Shabat. Es una madre que seguirá esperando escuchar una voz que nunca más volverá a oír.
Es un padre que tendrá que encontrar fuerzas para continuar viviendo con una herida que jamás cerrará.
Y es todo un pueblo que vuelve a llorar.
Nuestros soldados son jóvenes que deberían estar estudiando, trabajando, formando una familia, enamorándose, disfrutando de la vida. Sin embargo, están arriesgándolo todo para defender a Israel.
No están defendiendo una tierra extraña. Están defendiendo sus hogares, sus familias, sus ciudades y el derecho de nuestro pueblo a vivir en paz y seguridad.
Y demasiados están pagando esa defensa con lo más valioso que tienen: sus propias vidas.
Israel tiene un ejército extraordinario, una tecnología militar avanzada, servicios de inteligencia de enorme capacidad y hombres y mujeres de una valentía difícil de describir.
Precisamente por eso debemos preguntarnos, con toda la fuerza que nace del dolor:
¿No existe otra manera de combatir al enemigo sin seguir pagando semejante precio en vidas humanas?
¿No es posible anticiparse mejor a las amenazas? ¿No pueden aprovecharse todavía más nuestras capacidades tecnológicas? ¿No podemos reducir los riesgos que enfrentan nuestros soldados? ¿Se están examinando todas las alternativas antes de enviarlos a operaciones peligrosas?
No pretendo desconocer las dificultades de una guerra. Tampoco ignoro que Israel enfrenta organizaciones terroristas que buscan atacarlo y destruirlo.
Pero una cosa es comprender que la guerra tiene riesgos y otra muy distinta es acostumbrarse a recibir noticias de soldados muertos.
A eso no podemos acostumbrarnos jamás.
Israel tiene el derecho y la obligación de defenderse. Y también tiene la obligación de derrotar la amenaza terrorista que pone en peligro a sus ciudadanos.
No podemos aceptar que nuestros enemigos se rearmen una y otra vez, que preparen nuevos ataques y que nuestros hijos tengan que regresar permanentemente al campo de batalla.
Pero derrotar al enemigo también exige inteligencia, decisiones acertadas, objetivos claros y la máxima protección posible para quienes arriesgan sus vidas.
La valentía de nuestros soldados no puede convertirse en una excusa para exigirles sacrificios ilimitados.
Son valientes, sí. Son extraordinarios, también. Pero no son invulnerables.
Son seres humanos. Tienen sueños, ilusiones, sentimientos y familias que los esperan.
Y sus vidas son irremplazables.
Cada vez que escucho que otro soldado israelí ha muerto, siento una profunda tristeza, pero también una enorme indignación.
Porque pienso en sus padres. Pienso en la última despedida. Pienso en ese abrazo que tal vez fue apresurado porque nadie imaginaba que sería el último.
Pienso en la madre que le pidió que se cuidara. En el padre que le dijo que estaba orgulloso de él. En los hermanos que esperaban su regreso.
Y pienso que ninguna explicación militar, por necesaria que pueda ser, devolverá ese hijo a su hogar.
Por eso debemos exigir a quienes tienen la responsabilidad de conducir la guerra que hagan absolutamente todo lo que esté a su alcance para proteger a nuestros soldados.
No alcanza con rendirles homenajes cuando mueren. No alcanza con pronunciar discursos emocionados en sus funerales. No alcanza con declarar que fueron héroes.
Nuestros soldados merecen mucho más que homenajes. Merecen regresar vivos a sus casas.
No se trata de renunciar a la defensa de Israel. Todo lo contrario. Se trata de defenderlo con la mayor firmeza posible, pero sin olvidar jamás que la vida de cada soldado es un bien precioso.
Quiero un Israel fuerte. Quiero un Israel que sus enemigos no puedan destruir ni doblegar. Quiero unas Fuerzas de Defensa capaces de enfrentar y vencer las amenazas que pesan sobre nuestro pueblo.
Pero quiero, sobre todas las cosas, que nuestros hijos vuelvan a casa.
Quiero que las madres puedan dormir sin miedo. Que los padres no tengan que mirar el teléfono con angustia. Que las esposas no vivan pendientes de una llamada. Que los niños puedan correr a abrazar a sus padres cuando regresan del servicio militar.
¿Es demasiado pedir?
No. Es lo mínimo que debemos exigir.
Porque detrás de cada uniforme hay una vida. Detrás de cada nombre hay una historia. Y detrás de cada soldado caído queda una familia que jamás volverá a ser la misma.
Israel no puede permitirse una guerra interminable en la que sus mejores jóvenes sigan muriendo sin que se revise constantemente qué más puede hacerse para evitarlo.
La victoria verdadera debe significar que nuestros enemigos pierdan la capacidad de amenazarnos y que nuestros hijos puedan vivir sin tener que combatir una y otra vez.
No podemos aceptar que el sacrificio de nuestros soldados se transforme en una realidad cotidiana.
Basta de acostumbrarnos al dolor. Basta de considerar inevitable cada nueva pérdida. Basta de pensar que no hay nada más que hacer.
Hay que seguir buscando caminos, mejorar las decisiones, corregir errores y emplear todos los medios legítimos y eficaces para proteger la vida de nuestros combatientes.
Porque un país no demuestra solamente su grandeza por la fuerza de su ejército.
También la demuestra por el valor que concede a la vida de cada uno de sus soldados.
Y si hay algo que Israel debe recordar en cada decisión, en cada operación y en cada batalla, es que detrás de esos jóvenes está el futuro entero de nuestro pueblo.
Que Israel derrote a quienes amenazan su existencia. Que nuestros soldados regresen victoriosos, pero fundamentalmente vivos.
Porque ya hemos enterrado demasiados hijos.
Porque ya hemos visto llorar a demasiadas madres.
Porque ya hemos acompañado a demasiadas familias destrozadas.
Y porque cada soldado que perdemos deja un vacío que ninguna victoria podrá llenar.
¡Que Dios proteja a nuestros soldados y los devuelva sanos y salvos a sus hogares!
¡Que llegue el día en que Israel deje de contar a sus caídos y pueda dedicarse solamente a celebrar la vida de sus hijos!
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